Porque hay a quien le gusta el olor reciente de un café cortado. Porque hay quien grita "touché!" cuando se encuentra una mirada diferente. Porque cruzar en rojo da la vida y con los ojos cerrados se llega antes a ese otro lado adictivo, furtivo y agridulce. Porque las entrelineas guardan los secretos y ayudan a imaginar. Bienvenidos, pasen y lean...

04 mayo 2014

04052014

Era el año del mundial, el año en que murió el último guerrero. Los gigantes telefónicos compraban paradas de metro como si fueran bolsas de pipas. Los filtros fotográficos hacían la realidad aun más bella, y el setenta por ciento de la población mundial había sido infectada por un virus que los hacía correr de un lado a otro con cronómetros de muñeca, como si un batallón alienigena les persiguiera. 
Tu cumplías treinta y tres, la edad de Cristo, y yo conquistaba la capital después de siglos a las puertas. Tenías aquella barba siempre perfecta, en la que me gustaba meter los dedos, hacerlos desaparecer, jugando como en un saco lleno de paja cobriza. Y la sonrisa. Siempre la sonrisa. Como un aspersor de tranquilidad, de calma mentolada, aunque fuera todo ardiera, tú siempre estabas lleno de agua fresca. Yo tenía la cabeza dura, la piel de melocotón y manos ágiles de alfarera. Nos corría la vida entre los dedos, entre las piernas. Masticábamos la felicidad como el cereal, despacio, y respirábamos profundo hasta que dolía.
Era cuatro de mayo de 2014 y nos fundimos en un abrazo eterno, como dos osos milenarios antes del último de los inviernos. Eso y tu pecho es lo último que recuerdo. Quizá sea porque todo lo demás no importa.

Felices 33...

04 mayo 2013

Treinta y dos torres de Manhattan


Corría. Se podría decir que se pasaba la vida corriendo, corriéndose. De un lado para otro. Como esos animales que buscan en la velocidad la libertad, mientras les brilla el pelo, despeinado por el aire, y entonces sus músculos, duros como piedras, se deslizan ágiles y engranados, como suizos puntuales.
A mi me encantaba mirarlo. Siempre a la misma hora me asomaba a la ventana y veía cómo se escapaba del mundo y cómo volvía a él cuarenta o cincuenta minutos después impregnado de sudor espacial.
Un par de asteroides en los bolsillos, un trago de la vía láctea y de paso bajaba de dos o tres árboles a dos o tres gatos a los que les engañó la vista.
Nadie en el vecindario sabía que era un superhéroe. Pero quien puede imaginar que hoy en día visten más de decahtlon que de capa y cabina.
Luego estaba lo de su trabajo tapadera, los ojos verde eléctrico y la paz en la ciudad: morían tres asesinos a la semana y dejaban sin blanca a diez políticos al día.

El día que desmanteló mi red de tráfico de drogas era plena primavera. Mi distribuidor me había mandado quinientos kilos de la más pura desde Bangkok. Llevaba dos años y medio preparando el movimiento y poniéndome en contacto con pequeños vendedores. Durante la entrega, en el puerto, salió un rayo verde de sus ojos y la explosión fue tal, que una nube blanca y plateada flotó por el cielo de toda la ciudad. Supongo que me habría matado después de no ser por el efecto de la droga en su organismo celestial. Un millón y medio de habitantes estuvo tres días haciendo el amor por todas partes, allí donde la nube les había encontrado. Desperdigados como virutas de chocolate y felices como los niños que se las comen. Al tercer día estaba tan manchado de mí que no pudo matarme. Pasamos el mono desnudos en una bañera gigante en el centro de Manhattan, mordiendo manzanas y planeando cómo salvar el mundo otra vez.


Felicidades, superhéroe...

09 octubre 2012

Penicilina

Tú,
rey de las batallas perdidas 
antes de empezar.
Con esa lengua tuya que sabe a tiesto seco
y deja astillas de hueso en las encías los días de luto  nacional.
Jugabas de niño
con trozos de animales rotos
a los que ponías nombre de héroe herido de guerra,
y te chupabas los dedos
cada jodido viernes santo.
Tú,
que me haces lo mismo que la penicilina 
a los muertos,
has dejado de soñar.

08 abril 2012

words&music

Siempre he separado la música de las letras.
Y es una auténtica estupidez.
No pueden ir más unidas.
Ahora que escribo tan poco creo que es el momento de
dejarme escuchar.

http://www.youtube.com/watch?v=RI4eZJy1Mi8


http://www.myspace.com/rojahastadoler



Besos rojos

09 febrero 2012

The Fantastic Flying Books of Mr. Who





Quiero ser tu libro más bonito.



http://www.youtube.com/watch?v=_s-zbwm1f7M






09 septiembre 2011

Flor de naranjo

Los días han sido peces hambrientos,
que nos mordían los dedos

dejando las espinas detrás de los semáforos,

detrás de las farolas.

Claro que espinas, son lo que nos sobra.


Han corrido tan rápido, amor...

Han nadado hasta quedarse sin saliva propia

durante tres maravillosas primaveras,

en las que nosotros,

huéspedes perennes y afrutados

de la habitación número 10

hemos vivido felices comiendo flores de naranjo.


Veo en tu iris marítimo y abrupto

la vacuna de la cuarta guerra mundial,
la novena maravilla del mundo,
la energía más limpia y renovable

a punta de beso
de todo el universo.
Y no quiero dejar de mirar.


Nos queda la pólvora de medio mundo
y agua lo suficientemente potable
,
como para dejarnos en besos la sed.
Así que te juro que
sonreirás,
sonreirás y todos los naranjos
volverán a estar en flor


para llenarnos los labios de miles de primaveras.

22 agosto 2011

Los hijos bastardos del apagón

Tengo todos los cajones llenos de pequeñas bombillas,
vivimos en la ciudad de los terremotos,
y cuando no, mis horcajadas sobre ti
hacen revolverse a Richter en el metro cuadrado de su nicho.
Los días de lluvia y temblor, las bombillas,
forman una hilera en el esqueleto de madera que las contiene.
Y comienzan a ondear como culebras lumínicas entre nuestras pertenencias.
Mis bragas se adornan como árboles
de falsa, negra y transparente navidad con encaje
ante los que te arrodillas al son del miserere
con mil lenguas de fuego.

Vivimos, amor, en la ciudad de los rascacielos
y los terremotos.
Dormimos en olas 2x2 de lluvias torrenciales.
Bebemos las naranjas más salvajes del planeta
.
Soñamos con lobos que nos muerden sin dientes
.
Limpiamos con el mantel la gota de sangre del plato de sopa.
Nos soñamos como bebés hambrientos que respiran lento.
Mientras tanto,
las culebras fluorescentes de este pequeño piso
escriben nuestro amor en letras de neón
y ya sabes,
que se joda el resto de tipografías.

09 junio 2011

Ensayo sobre la ceguera

Me has visto
absolutamente de todas las maneras posibles,

desde todas las perspectivas de ojo de araña.


Con las yemas de los dedos arrugadas
después de un largo baño de espuma
o una infusión de carne joven y humana.

Con los ojos abiertos, entreabiertos, cerrados,

por vacaciones, defunción, sueño, miedo, y placer.

Con los labios rojos, rosas, azules-de-frío, color carne,

incluso sin labios.

Con el pelo largo, corto, revuelto, atado,
trenzado, empapado, arrancado y sin pelo.
Y te encantó. Siempre te encanta.

Me has visto llorar horas y horas,
has escuchado el roce de mis fluidos cayendo por la almohada,
y mis días con suerte los has recogido con la lengua.


Me has visto gritar, reír, cometer delitos que me llevarían
a la cárcel y a pedirte mucho dinero.
Vestirme de puta y de princesa.
Con boca de lobo, piel de cordero y licencia de armas (tomar).
Me has visto tan triste, tan excitada, tan feliz y tan desesperada,
Me has visto tanto, tanto y tanto.
Y siempre te encanta.

Por dentro, por fuera, haciendo pimientos rellemos,
cantando con hombres, encima, debajo, más encima
que debajo, con bata blanca, lencería negra,
regando tomates, gimiendo, ensuciandote el coche,
insultando a tus ex, jugando al poker, llevando tacones,
diciendo mentiras
y siempre te encanta.

Y te encanta y te encanta y te encanta
y me has visto de todas las formas posibles,
desde todas las perspectivas de esta puta jungla,

y siempre te encanta.

Y yo solo quiero que no dejes nunca de mirarme
y de pedirme que te coma para verme también
por dentro.

04 mayo 2011

TREINTA CÍNIFES


El día que le conocí volví descalza a casa y acribillada. Quizá debí haberle hecho antes uno de esos test psicológicos que muestran el porcentaje de psicopatía, histrionismo, depresión o salud mental. Pero me entretuve en sus ojos. Eran exactamente igual que el laberinto del Resplandor. Verdes, infinitos y con una banda sonora que te vuelve completamente loca.
Después todo lo sectario.
Los ritos, las pieles de animales, los animales sin piel, una lengua nueva, la sed. Toda la sed, y la felicidad. Con mayúsculas. El hecho de que supiese hacer magdalenas de zanahoria con azúcar moreno y que me susurrase cuentos antes de dormir no hizo más que ayudarme a dar el primer paso. Mi bautizo fue en un afluente del río a su paso por la ciudad interior. Desnuda, notaba cómo los pequeños peces pasaban rozando mis muslos, con el lomo tan plateado que Judas me hubiese vendido por un par de ellos. Después me tumbó en la hierba y comenzó mi iniciación. Mientras me besaba en los labios, treinta cínifes se posaban en distintos lugares de la capa más superficial de mi piel. Con la libertad absoluta que les daban sus alas y la ausencia de vello. Después todos a la vez intercambiaban su veneno por una gota de sangre. Era como una descarga eléctrica de bajo voltaje, un híbrido de dolor y placer. El equilibrio absoluto entre creación y destrucción. Cuando terminó de besarme los cínifes levantaron el vuelo.

Yo nunca imaginé que se podía estar descalza tan cerca del cielo.
Tú sólo tienes toda una vida para no enseñarme el camino de vuelta.






Felicidades...

26 abril 2011

El amor en tiempos tse-tse

El amor era como una luciérnaga apagada de alto consumo,
con su filamento fosfórico apuntando, íntegro y caliente,
hacia el más profundo de tus trozos de carne,
allí donde convergen tu sexual arquitectura
y la circunvolución de la belleza.

El amor no era más que tu cuerpo
flotando mar adentro, mecido
por olas que huelen a cabello de bebé
y dorado al sol como pan crujiente.

El amor en tiempos tse-tse, me susurraba
una centenaria en el último puesto del mercado,
removiendo sus nudosos y largos dedos
que olían a azafrán y pimientos verdes,
el amor en tiempos tse-tse, te hará soñar toda una vida
y abrir los ojos cuando se apague
la última luciérnaga de la camada.


20 febrero 2011

Fish & Chips

En estos tiempos miserables en los que nuestra memoria

es la memoria de los peces,

esos peces, con esa memoria

que nada en diminutos cerebros que nadan en agua y mierda,

a partes iguales,

sólo nos queda creer en el amor.


Y tú me dirás,

amor,

que para creer con tanta fuerza que se nos caiga el pelo,

hasta el pelo áspero que nos enraiza el pubis,

que para que quedemos tan desérticos como el hábitat que rodea a una bomba nuclear,

y después, como pez que nada en mierda,

a los tres

putos

segundos

se nos olvide,

no merece la pena.


Menos mal que te diré

que la pena es no revolcarnos en los ojos de los peces,

o en el aceite hirviendo del McDonald's las 24 horas del dia,

o en cualquier cosa que te haga gritar como cuando te corres,

o como cuando después de contar hasta tres,

grito yo,

mirando el segundero.


05 enero 2011

shhh

Leo, no veo. ¡Joder Leo! ¡Leo!
Perdona, lo siento. Perdóname Leo. Creí... Lo siento Leo. Cualquier día de estos tengo la sensación de que voy a abrir los ojos y no voy a ver. No voy a verte. Como en esas películas en las que se pierde la conciencia y cuando se intenta parpadear es como si nada. Y hablar. En esas películas no suelen poder hablar, ni mover las muñecas. ¿Me entiendes Leo? No quiero que mis ojos estén en el fondo de un vaso. Como la dentadura de la abuela. Entiéndelo por favor. Tengo un pánico terrible. Por eso a veces me cuesta dormir contigo, a tu lado. Todo se pega dicen. Claro, que a ti te pasará igual, ¿qué pasa si un día no me oyes? ¿qué pasa si el silencio se vuelve tan jodidamente denso que te cuesta tragar, y tu laringe no puede discriminar entre aire y cemento? Que te ahogas Leo. Pasa que te ahogas. No quiero que tus oídos sean una hormigonera.
Por favor da la luz. Por favor.
Gracias Leo.
Por favor. Dime algo. Me encanta ver como mueves los labios. Eres mi libro preferido.
Me encantaría oírte aunque sólo fuera una vez.
Leo no la apagues, por favor, no la apagues nunca. Nunca. Nunca...

24 noviembre 2010

No hay parking en el cielo, ni hay ascensor

Todos los elefantes estaban muertos. Absolutamente todos. Abrías los ojos como si quisieras enseñarle el cerebro al mundo. Proyectando axones neuronales a tu alrededor que parecían patas de araña. Como cuando yo me pongo rimel. Querías hacerles el boca a boca. Es curioso cómo en estas situaciones no te preguntas qué coño hacen cincuenta elefantes en tu casa. Cómo han llegado allí. Cómo han entrado por la puerta. Simplemente esas neuronas que te salían por los ojos se ponen a dar vueltas en el circuito eléctrico de la muerte de marfil. Olía a una mezcla se sexo y azufre. O eso te parecía a ti. Porque el azufre no lo frecuentabas demasiado, y el sexo... El sexo, antes, creías mezclarlo con amor. Es como las copas me decías. A veces pedir el licor y el refresco por separado merece la pena. Con tu propia mezcla te ahorras los céntimos justos para la huída en taxi del final de la noche. Y aunque no me lo dices se que sigues preguntándote dónde se compra el amor.
Sacarlos. Tenías que sacarlos de allí. Empezaste a sudar por todos los poros de tu piel. Miles de microgotas de agua daban una dimensión adicional a tu cuerpo. Parecía que te movías en más direcciones de las existentes. Cogiste las llaves y bajaste. Recordabas que el portero tenía un hacha. Alguna vez la habías visto en sus manos. Con una patada rompiste la cerradura del cuarto de contadores y la buscaste. Parecías un trastornado de una película americana. Con la camisa de cuadros completamente sudada y con un hacha made in Elm Street.
Volviste a casa y empezaste a descuartizar elefantes. Uno detrás de otro. Muy poco a poco. Te preguntabas por qué tenían la piel tan jodidamente dura. Y la sangre tan espesa. Tú, que eras de esos pocos hombres que saben cuidar el parqué, ni siquiera te fijabas en el río se sangre que discurría entre los cordones de tus zapatillas y el suelo.
Siete días después habías terminado. Habías perdido doce kilos de peso y el volumen de tus brazos se había multiplicado por uno y medio.
Compraste cientos de bolsas de basura y en un par de días más todo volvió a estar limpio.
Nunca hablaste de ello, pero yo aun puedo ver por tus ojos un mar de circunvoluciones.
Un hábitat lejano en el que todo es perfecto.




09 septiembre 2010


Si se acaba la gasolina, me muero.



23 agosto 2010

Los mosquitos de Shanghái

Hay una especie de mosquitos que viene a morir a mis bombillas. Sus pequeñas alas dejan de moverse y dibujan tirabuzones en el aire antes de estrellarse en el parqué. Me recuerdan a esos primeros aviones rusos. Me pregunto qué hubiera pasado si el Ilya Muromets hubiera venido a morir a mi lámpara de araña.
Mi suelo no tiene nada que envidiar a un cementerio, a una alfombra negra y crujiente. A un festín tercermundista. Absolutamente nada.
Siempre imagino su largo viaje de muerte. Batir las alas en el Índico, después de haber estado horas pegados a las lámparas de papel de los burdeles chinos, de haber atravesado el vaho que deja el sudor de las prostitutas sedosas de Shanghái perfectamente vestidas de ácidos colores y zapatos pequeños. Muy pequeños. Supongo que solo los animales que lo han visto todo tienen la capacidad de elegir el momento de morir sin ápice de miedo. Y el lugar.
A veces me dan pena, y entonces me visto y bailo como esas prostitutas de porcelana, para que los últimos segundos en el techo hagan el boca a boca al resto de las especies, y se sientan como en casa.

09 agosto 2010

PAC-MAN

Te mueves como un puto pez de circo por calles oscuras. Uno de esos mojados y rápidos, que en el número final del espectáculo dejan al aforo boca-abierta y las focas aplaudiendo encima de sus graciosas pelotitas, los payasos muertos de envidia y el domador de leones, los leones, el equilibrista en salto mortal aplaudiendo también, palomitas por el suelo, los dulces de colores, elefantes, las siamesas japonesas retorcidas, la barbuda, el gigante y el enano y los cocodrilos y los niños. Los niños no quitándote ojo en el final de tu número final, en el que te ganas a pulso un par de filetitos de pescado fino como premio, ya sabes, el reflejo condicionado, Pavlov hablando en ruso, la saliva...
Y no solo te deslizas, angosto y boquiabierto, además te tragas todas las luces amarillas. El terror de las farolas de Elm Street y de todo aquello que genera energía lumínica, nuclear, potable. Y vuelves al circo a enseñar lo aprendido mientras tu estómago se llena de cristales masticados de bombilla y los dosmilquinientos ojos en pie a 360º (no se ya si centígrados también) vuelven a hacer piruetas y aplauden y ríen y lloran y gritan y otros dos trocitos de pescado caro para el pez, por favor.

Pobres fantasmas de colores. Creo que no saben lo que son y te persiguen como medusas y se creen peligrosos porque ignoran que tienes los bolsillos llenos de mi, y que te da igual consumirme en moneda pequeña. Y yo siempre te digo que me caces uno. Que yo lo cuido y que prometo no ponerle esa ropita ridícula de perro. Y siempre me dices que no, que va a ser imposible levantarme a las 7 de la mañana para que los saque a pasear por calles negras los días de diario.

Pero te lo advierto, ni aunque te gastes todos los ahorros de vida tras vida en el siguiente insert coin, amor, no me voy a cansar de ver al rey del barrio llenándose la boca de frutitas rojas. Además, el lanzador de cuchillos tiene acorralado al dueño delgaducho del local. Hoy aquí no se cierra hasta que las vidas extras nos salgan por las venas.


*Nota a tus pies:

El nombre original de Pacman es "Paku-Paku", que en japonés significa comer. Al llegar a Estados Unidos cambiaron el nombre del juego, debido a las similitudes entre las palabras "Puck" y "Fuck".


El mejor jugador del mundo Fue Billy Mitchel que hace más de 20 años consiguió una puntuación de 3.333.360 puntos llegando al nivel 255 (penúltimo nivel) con la primera vida. A partir del nivel 18 los fantasmas no se vuelven azules.

Hay 256 niveles.
Adelante, valiente...


15 junio 2010

Bubble gum

Tenía quistes. Quistes por todo el cuerpo. Por dentro, claro. Poliquistosis familiar le habían dicho. Sus padres estaban muertos y lo único que le habían dejado eran un par de deudas que le hacían trabajar como un cabrón de sol a sol. Y quistes. Muchos quistes.
Si mirabas una radiografía, de cualquier parte de su cuerpo no veías más que burbujas. Parecía que un niño muy muy pequeño, diminuto, se había colado por una de sus fosas nasales con un botecito de esos llenos de Fairy, y se había puesto a soplar y a soplar. Esferas de diferentes tamaños, como puños, como ojos, como cabezas de alfiler, de paredes finas y nítidas e interior transparente.
A ella le encantaba lamerle los dedos, los labios, el cuello, el sexo, la punta de la nariz. Le quería a rabiar. A morir. A matar.
Dónde coño le iba a caber a él tanto amor, si no estuviese lleno de cajones de carne.

Todos los días, de sol a sol, le daba las gracias a sus padres.

26 abril 2010

Pseudoestío o falso verano

Los termómetros a finales de abril se suben la cremallera como si fueran putas inversas.
Y nadie sabe que los recién nacidos, los borrachos y los viejos son canditatos número del uno al tres para ganar una hipotermia cuatro estrellas. Los niños por niños, los viejos por viejos y los borrachos porque no saben que el alcohol les provoca una vasodilatación cutánea que deja escapar todo el calor de su núcleo de lava. El papel de fumar de su etílica piel separa su sangre de una muerte polar. Pero ellos no lo saben. No saben nada de termodinámica ni de putas inversas. Los niños por niños, los viejos por viejos y los borrachos, ya sabes.

A finales de abril hace demasiado calor en los verdes cementerios.

09 marzo 2010

Tú y el circo

Todos los colores. Absolutamente todos. Me lo dijiste al oído un día en tu trastero. Me decías que cielo, que pez payaso, que el corazón de la sandía, que los lunes de trapo (de trapo de colores, claro), que la sangre del cordero, que algas en los ojos, que verde cocodrilo y amarillo accidente reflectante. Tenías las pupilas como platos de niño de siete y un tesoro en forma de televisor. Yo sonreía y te abrazaba y no se si por la caja tonta, en la que los señores de Elbe habían metido el circo entero, y con él tus ganas de equilibrios, cuerda floja, y tragar fuego a los leones o porque cuando te abrazaba después el ruido, y después mojados, y después la falda en el suelo a modo de cadáver con tiza de contorno. Y el secreto. Me encantan los secretos de manos pegajosas y columpio y tierra en los zapatos. Y nunca le voy a decir a nadie lo del superhéroe. Te lo prometo. Ni lo de los enanos y gigantes del trastero. Al fin y al cabo terminé contándote también lo de la sangre.
A veces cuando sales de un sitio y miras a tu alrededor todo es diferente, aunque hayan sido unos minutos o no haya luz o huela a gasolina. Sobre todo si huele a gasolina. Luego te lo cuentan todo sin palabras y te das cuenta de que llevan año y medio saliéndote arcoiris por lo ojos.

17 febrero 2010

LA UNIDAD CORONARIA

La unidad coronaria está en el ala oeste. Hay que atravesar un pasillo muy largo en el que cada paso te aleja un poco más del mundo interno y sonoro de las sillas de ruedas, los plásticos de los caramelos de las visitas y las agujas que caen al suelo. Sólo ciertos animales desérticos son capaces de apreciar todos los matices cilíndricos, metálicos y diminutos de esos monstruos huecos que hacen llorar a los niños. El suelo no está acolchado, pero lo parece. Porque a medida que vas avanzando, en los oídos se expande el silencio en tapones imaginarios. Yo prefiero llamarla unidad de relojería. En la unidad de relojería hay ingenieros suizos con batas blancas, y habitaciones que son máquinas del tiempo. En cada una de ellas hay visitantes de diferentes mundos paralelos. Tienen corazones que viven de acuerdo a su propio espacio temporal, y sus latidos, acelerados, lentos, cabalgantes o asincrónicos, miden el mundo a su ritmo, creando así un espacio visceral donde los colores se confunden y todo ocurre a deshora.
Si hubiese un sistema que permitiese escuchar por un altavoz los latidos de todos los pacientes al mismo tiempo, estoy convencida de que se oiría llover. Sería como una noche de lluvia en gotas gordas, chocando contra el hierro de los balcones. Aunque tengo una segunda teoría, porque quizá, solo quizá, sonase El invierno de Vivaldi. La culpa. Siempre se busca un culpable. La aguja tonta del segundero o el vaso derramado de vino. Coronarias estrechas, miocardios famélicos o válvulas viejas, que como las malas perdedoras, se retiran más tarde de lo que deberían.
A pesar de los fallos de fábrica, me encanta caminar despacio por la unidad de relojería, como de puntillas por el laberinto blanquecino que separa las granos de una granada. Sabiendo que detrás de cada puerta hay un agujero rojo y ácido de tiempo en el que perder el hilo del calendario.