Si hubiese un sistema que permitiese escuchar por un altavoz los latidos de todos los pacientes al mismo tiempo, estoy convencida de que se oiría llover. Sería como una noche de lluvia en gotas gordas, chocando contra el hierro de los balcones. Aunque tengo una segunda teoría, porque quizá, solo quizá, sonase El invierno de Vivaldi. La culpa. Siempre se busca un culpable. La aguja tonta del segundero o el vaso derramado de vino. Coronarias estrechas, miocardios famélicos o válvulas viejas, que como las malas perdedoras, se retiran más tarde de lo que deberían.
A pesar de los fallos de fábrica, me encanta caminar despacio por la unidad de relojería, como de puntillas por el laberinto blanquecino que separa las granos de una granada. Sabiendo que detrás de cada puerta hay un agujero rojo y ácido de tiempo en el que perder el hilo del calendario.









